Arquitectura  Diseño  EDICIÓN Nº182 

Serendipia en Villa Tulumba 

Un puñado de manzanas alineadas entre prolijas calles de piedra y farolas que alumbran aun cuando el cielo nocturno basta. Villa Tulumba es una tacita de plata perdida en el […]

Un puñado de manzanas alineadas entre prolijas calles de piedra y farolas que alumbran aun cuando el cielo nocturno basta. Villa Tulumba es una tacita de plata perdida en el norte cordobés. Anclado en un tramo del Camino Real, que en tiempos del Virreinato unía el puerto de Buenos Aires con el de Lima, Perú, su estirpe colonial se mantiene intacta para delicia del viajero. Hasta ahí llegó Juanchi Ordóñez con el sueño de abrir una posada en un lugar agreste y alejado del circuito turístico, como la que fundó hace años en Atins, Brasil, cuando decidió abandonar la profesión de abogado y dedicarse a la industria del hospedaje. 

Puerta celeste en la suite El naranjero. Durante la reforma apareció la arcada original que estaba oculta; parra de uva chinche y agave azul en maceta.
Las vigas de pinotea y paraíso del techo fueron tratadas con cera de abejas; sillas materas, un Niño Dios traído de Olinda (Brasil) y espejo biselado. Retablo, alfombras y mantas de Josefina Roca.

Todo fue cuestión de serendipia: quería una casa, pero encontró una construcción en ruinas con su patio oculto entre los yuyos. “Este fue un enclave de mucha importancia. Acá vivía también la familia Reynafé, tristemente célebre por el asesinato de Facundo Quiroga en Barranca Yaco. Hoy forma parte del programa Pueblos Auténticos que intenta restaurar las casonas antiguas y capacitar a los vecinos para recibir el turismo. Estamos entre el Parque Nacional Ansenuza y la reserva de Salinas Grandes, dos sitios de naturaleza impactante” cuenta el anfitrión.

Mesa Tulip, jarrón vietnamita, ropero comprado en el pueblo, cuadro de Santa Rosa de Lima traído de Perú y, sobre la biblioteca, pareja de perros Fu, en el cuarto principal.
Cama de bronce niquelado, mesa colonial de noche, lámpara con pantalla china y arriba de la banqueta lámpara de Olivia Gutiérrez Urquijo; espejo decapado blanco y silla de terciopelo azul encontrada en un anticuario de Mendiolaza. Alfombras y mantas de Josefina Roca

La reforma de la propiedad tomó tiempo, pues en todo momento se trató de preservar su esencia criolla original. La planta es bien simple: tres alas alrededor del patio andaluz y orientado de tal forma que, en cada estación, procura sol y sombra cuando se debe. “Empezamos la obra cinco años atrás, pero en los últimos dos lo hicimos profesionalmente junto con el Estudio R, de la arquitecta Inés Roca, para transformar los cuartos en cinco suites, de las cuales tres están en funcionamiento. Una parte de la edificación tiene contrafuertes, y un arquitecto especializado nos dijo que posiblemente ese sector tenga la edad del pueblo, que es del 1600. Esa parte se une a otra de estilo italianizante, construida en 1905”.

Una arboleda de acacias blancas enmarca la propiedad, donde además crecen zarzamoras, salvias, lirios, caléndulas y una parra de uva chinche.
Luminaria hecha con una teja muslera, mesa y sillas de hierro en el mirador de la parte más antigua.

Junto con su esposa Lucrecia, que después se sumó al proyecto, actualizaron las instalaciones para ofrecer más confort a los huéspedes. “No queríamos que perdiera su esencia de rancho. Es una casa nada majestuosa, pero hecha con amor por los detalles. La bautizamos Andaluzía y hoy es un proyecto de vida y de familia que se complementa con la reserva de monte nativo que tenemos a ocho kilómetros, y con la posada en Brasil”.

CREDITOS: Estudio R Arquitecta Inés Roca

Producción: Arqs. Josefina Roca y Olivia Gutiérrez Urquijo

PH: Julia Ramos

Texto: Marina Gambier 

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