Edición N°202
MAESTRÍA DEL TIEMPO
UNA MARCA, DOCE DÉCADAS Y UNA OBSESIÓN: LA BÚSQUEDA DE LA PERFECCIÓN EN CADA ALEACIÓN, CADA PIEDRA Y CADA MECANISMO QUE SALE DE SUS TALLERES SUIZOS. Más de cuatro […]
UNA MARCA, DOCE DÉCADAS Y UNA OBSESIÓN: LA BÚSQUEDA DE LA PERFECCIÓN EN CADA ALEACIÓN, CADA PIEDRA Y CADA MECANISMO QUE SALE DE SUS TALLERES SUIZOS.
Más de cuatro mil millones de segundos han pasado desde que Rolex creó el reloj pulsera, allá por 1905. En ese tiempo, la marca construyó su universo con una precisión casi absoluta y un leitmotiv: redefinir sus propios límites, superándolos una y otra vez.

Además de la hermeticidad, la fiabilidad y la durabilidad que definen su ingeniería, el prestigio de esta marca nacida en Suiza se construye también con materiales como el Oystersteel, una aleación propia que ofrece ese brillo tan especial y que combina naturalmente con el oro amarillo o el oro Everose en versión Rolesor, la mezcla de acero y oro en un mismo reloj. El oro Everose —exclusivo de Rolex— es fundido en sus propios talleres para garantizar la calidad que lo distingue. Para engastar sus relojes, la firma selecciona piedras preciosas como diamantes, rubíes, zafiros y esmeraldas.
Lograr la excelencia requiere espacios donde la innovación y la investigación puedan desarrollarse en conjunto. En Suiza, las sedes de Rolex son referentes en arquitectura: en Les Acacias, cerca del centro de Ginebra, la casa matriz concentra las áreas de investigación, desarrollo y ensayos, actividades que culminan en la certificación del Cronómetro Superlativo, sello de precisión de la firma. Más al sur, en Plan-les-Ouates, el trabajo adquiere una dimensión alquímica: allí se fabrican las cajas y las pulseras de los relojes, para lo cual se funden aleaciones propias de oro de 18 quilates, como el Everose. En Chêne-Bourg, la tecnología avanzada da forma a esferas con materiales como el Cerachrom y anillas elaboradas con el sistema Ringlock. En esta misma sede funcionan el engaste de gemas y los talleres de engarzado: el cuidado del detalle alcanza su clímax.
Finalmente, en Bienne cada mecanismo es calibrado con rigurosidad. Es allí donde lo invisible se vuelve esencial y la vocación de Rolex por la perfección encuentra su tiempo exacto.

Texto: Ana Costa Méndez

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