Arquitectura  EDICIÓN Nº 177 

Otra herida más

    Este año, de manera silenciosa, partió hacia el Centro Canadiense de Arquitectura (CCA) el archivo completo de uno de los arquitectos más geniales e innovadores de nuestro país: […]

 

 

Este año, de manera silenciosa, partió hacia el Centro Canadiense de Arquitectura (CCA) el archivo completo de uno de los arquitectos más geniales e innovadores de nuestro país: Amancio Williams (1913-1989).

El motivo, cuenta su hijo Claudio -responsable del archivo desde la muerte de su padre hace 30 años-, fue la imposibilidad de encontrar una estructura sólida y solvente que pueda, a largo plazo, continuar su resguardo y promover su legado. “Somos conscientes de que hubieras preferido que tu archivo se conservara en tu país. Pero lamentablemente no hemos tenido opción. No existe en la Argentina ninguna institución equiparable al CCA en infraestructura, presupuesto y profesionalismo. Para nosotros fue una decisión muy difícil. Desprendernos de todo esto que tan bien hemos conocido y cuidado tiene además un costo afectivo muy grande” dice el texto escrito por Claudio y que compartió en voz alta durante la reunión de despedida del archivo.

Hijo del prestigioso compositor Alberto Williams, Amancio estudió ingeniería y se dedicó a la aviación antes de recibirse de arquitecto en 1941, en la Universidad de Buenos Aires. Allí fue donde comenzó a desarrollar el germen de su obra: el cruce del conocimiento científico con las relaciones humanas. La preocupación por una vida digna de la mano de la modernización en tiempos de la Segunda Guerra Mundial fue central, y a ella se dedicó en momentos en los que nuestro país se encontraba desconectado de los grandes centros culturales del mundo. Sin embargo, Amancio logró entablar amistades con los más grandes exponentes de la arquitectura y el diseño. Testigo de esto es la voluminosa correspondencia, que alberga el archivo, con Le Corbusier, Walter Gropius, Fernand Léger, Jean Prouvé y Oscar Niemeyer, entre otros colegas. Allí se puede apreciar cómo discute proyectos, obras y producciones; se reflejan éxitos; sinsabores y se devela su visión siempre optimista a pesar del medio desfavorable en el que le tocó desenvolverse. Libros y revistas europeas se interesaron también por su trabajo y lo publicaron como aporte que llegaba desde América a la destruida Europa, abriendo puertas para un serio desarrollo de la sociedad.

Así fue como hace ocho años el arquitecto Martín Huberman se acercó al archivo, curioso de sus bóvedas “cáscara” y con la intención de homenajearlo en el centenario de su natalicio mediante un proyecto de reinterpretación. Este acercamiento derivó luego en otro proyecto: la extensión de la biblioteca digital del Archivo Amancio Williams, “un intento de rescate disfrazado en digitalización” escribió Huberman sobre el colega que admiraba .“Mediante esta investigación conocí el drama, predefiní la idea de patria, pude tocar el fondo del vacío cultural que sobrevuela nuestra disciplina pero, sobre todo, pude vivir en primera persona el desgaste emocional que significa proteger un archivo” dijo en su carta, durante la despedida. En el artículo “Lo primero es la familia”, publicado en la revista de arquitectura Summa, hace un breve resumen de su experiencia: “me es imposible disociar la idea de un archivo con la noción de tironeo que lo atraviesa. Que son patria y patrimonio, que son cultura, que son nuestros, que son imágenes de ellos, que no son de nadie, que se van, que se quedan, que son abandonados, que son rescatados, que son olvidados, que son descubiertos, que se pudren, que se salvan, que se venden, que se donan, que se nacionalizan, que se digitalizan, que se abren, que se cierran y qué sé yo cuántas tragedias griegas más que pueden ser homologadas bajo el dramático paraguas de un archivo de arquitectura” y, como el título destaca, deja ver el enorme desgaste emocional y financiero que atraviesan quienes heredan la tutela de la obra de grandes personajes de la historia.

Finalmente, una prestigiosa institución de Canadá será la que albergue y promueva el trabajo de este argentino. No solo cuenta este destino con trayectoria, sino también con el importante respaldo económico de su fundadora, Phyllis Lambert. Esta arquitecta y filántropa recibió el León de Oro en la 14.a Bienal de Arquitectura de Venecia y en 2016 ganó el Premio de la Fundación Wolf de las Artes, entre otros. ” No somos un museo que expone cosas ‘esto es arquitectura’, sino que intentamos promover el pensamiento” destacaba Lambert.

Muchos lo lamentan y otros critican a la familia por su decisión, sin embargo, Claudio da testimonio de la incansable búsqueda de un destino en el país. Muestra concreta de su escepticismo se refleja, entre otras cosas, en el destino de la Casa del Arroyo, destruida luego de varios saqueos, un incendio, y luego abandonada por la desidia y la política. Un gobierno que destina 20 millones de pesos para su restauración, una licitación que no se adjudica y otro cambio de gobierno que deja en ascuas una obra que se suma a la lista de íconos arquitectónicos abandonados en el país.

Texto: Luisa Norbis

Fotos gentileza Archivo Amancio Williams

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