Edición Nº 183 

Buenos Aires y sus primeros jardines en altura

Un ambiente una historia/ El Kavanagh. Durante la década de los treinta las terrazas jardín comenzaron a ocupar las antiguas azoteas de algunos edificios porteños, mientras que muchos proyectos a […]

Un ambiente una historia/ El Kavanagh.

Durante la década de los treinta las terrazas jardín comenzaron a ocupar las antiguas azoteas de algunos edificios porteños, mientras que muchos proyectos a punto de construirse también incorporaron esta novedad como parte de los lineamientos de diseño.

Pese a que su presencia pasó inadvertida entre los profesionales locales, algunas semillas prendieron en los jóvenes arquitectos que en la primavera de 1929 asistieron a las conferencias de Le Corbusier en Buenos Aires. Dictadas en la asociación Amigos del Arte, y reunidas bajo el título “Liberarse de todo tipo de espíritu académico”, en su quinto encuentro el ilustre huésped aborda el tema de la casa moderna. Entre otros puntos y recomendaciones, hace énfasis en la importancia de la terraza jardín tomando por ejemplo a una obra reciente de Antonio Vilar en Ugarteche 3370, a la que se refiere como “el rascacielito de Vilar desde donde se divisa el río”.

Hacia 1933 el ingeniero Benito Carrasco, autor de las terrazas originales del Kavanagh, instala en las alturas de la Manufactura Algodonera Argentina – obra del arquitecto Jorge Bunge – un sector con profusión de césped, plantas, cancha de pelota y tenis para esparcimiento de los empleados. Otro ejemplo es la residencia particular de los arquitectos Joselevich y Douillet para el señor Mois Chami en las Barrancas de Belgrano. Ahí los autores solucionan el estrecho terreno en que se implanta con una azotea de líneas muy puras, también con césped y senderos de lajas de corte rectangular. El arquitecto Raúl J. Álvarez en su vivienda de Gelly y Obes y Copérnico resuelve un espacio residual agregando una construcción adyacente y transformándola en un vistoso jardín a cuatro niveles de la vereda. Pocos años más tarde, la dupla formada por Pater y Morea corona un edificio de renta en la avenida Centenario (hoy Figueroa Alcorta) con otra versión de un rock garden dotada de amplias visuales a la plaza Chile y al río.

Nuevamente Vilar vuelve a planificar otro sector verde en el séptimo piso de una propiedad encargada por el doctor Julio A. Rosa, en calle Levene. Aquí aprovecha los retiros del último piso, que eran parte del departamento del inversor, para desarrollar una serie de áreas parquizadas e incorporar como gran avance una pileta de natación azulejada desde la que se aprecia el Río de la Plata.

Hacia finales de la década, el estudio Sepra (Sánchez Elía, Peralta Ramos y Agostini) hace lo propio en una casa para la familia Alzaga Unzué. En los dos últimos pisos genera un pent-house cuya azotea albergaría al jardín, protegido por un clásico balaustre. Esta versión poco tiene que ver con el legado de Le Corbusier. La resolución estética y funcional responde más a la de una vivienda suburbana que a los postulados y enseñanzas que el gran arquitecto suizo trató de inculcar en su breve y poco exitosa estadía en Buenos Aires.

NOTA Este artículo es parte del capítulo “Las terrazas del Kavanagh” incluido en el libro de mi autoría Cora Kavanagh y su edificio, que será publicado en agosto próximo.

Texto: Arq. Marcelo Nougués.

 

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