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Arte-sano

ESPECIAL ARTESANOS

Desandando rutas, caminos, talleres y comunidades en las que trabajan los más virtuosos artesanos de nuestro país.
Por Luján Cambariere

“Entre el tiempo sin tiempo del museo y el tiempo acelerado de la técnica, la artesanía, palpita el tiempo humano” decía el escritor mexicano Octavio Paz, a quien pertenecen las mejores definiciones de este saber hacer tan particular. “Hecho con las manos, el objeto artesanal guarda impresas, real o metafóricamente, las huellas digitales de quien lo hizo” agregaba. Es que la artesanía vale por lo que representa. En ella se cuelan costumbres, ritos y paisajes. Argentina es un crisol de tesoros, y muchos de ellos están en el Norte, región que reúne el mayor número de comunidades de etnias cuyo trabajo da cuenta de su profunda cosmovisión y espiritualidad, como collas, diaguitas calchaquíes, wichis y tobas o qom , entre otras. Sus piezas reflejan el amor y el cuidado por los recursos materiales, e inmateriales. Eso los convierte en un verdadero antídoto contra la industrialización, permitiendo un consumo -tal como pregonara la arquitecta italiana Lina Bo Bardi- en sintonía con nuestro corazón.

EN LA QUEBRADA
La Quebrada de Humahuaca, en Jujuy, es cuna de talentos. Una iniciativa emblemática, con más de 25 de existencia, es la Red Puna que reúne a más de treinta organizaciones (1000 familias) de aborígenes, campesinos y artesanos de la Puna y la Quebrada. Mujeres que hilan, tiñen naturalmente y tejen la lana para producir un sin fin de productos. Chales, sweaters, sacos, tapados, ruanas, mantas, carteras y bolsos en lana de oveja y llama con la paleta de los cerros: el bordó de la cochinilla, el rojo del achiguete, el verde de la yerba mate, el más increíble azul del repollo y el amarillo vibrante del quinchamal, entre otros, en diseños lisos o patrones del telar como el ojo de perdiz, peinadillo o jaspeado. Además de una línea para la casa de almohadones, mantas, pie de cama, peleros hechos a mano en bastidor con hilo grueso de oveja y las características tulmas (pompones) que se usaban tradicionalmente como adornos para sujetar las trenzas del pelo. Mención aparte merecen los mitones con tapa para guardar los dedos, las bufandas con capucha, los chulos y llamitas. La red tiene una tienda en Tilcara (Belgrano 472, Galería Tierra Azul) y otra, Makiwan, compartida con otra organización (Lloque) en Purmamarca (Lavalle sin número, a media cuadra de la plaza). A la vez hacen llegar sus productos a distintos locales como los del diseñador Martín Churba o Gabriela Candiotti, quienes aportaron desde su disciplina en varias oportunidades.

EL COLTE
En un paraje en el Alto Valle Calchaquí, cerca de Cachi, Salta, un grupo de 25 familias custodian el tejido en el telar criollo con motivos de la flora, fauna e iconografía arqueológica inspirados en el arte de las culturas indígenas e incaicas. Más allá de su destacado trabajo, abren sus casas de adobe y techo de paja, sus patios y corrales, para que el visitante pueda vivenciar el proceso. Apreciar desde la esquila de la oveja o llama, al hilado en pushka (tarea que desarrollan las mujeres con esta herramienta milenaria de madera, porque quienes tejen son los hombres), los tintes naturales que obtienen de su otra actividad, la agricultura –ajíes, cebolla, nogales-. Y, claro, el tejido en sus telares criollos construidos con palos y lo que tengan a su alcance. El tradicional poncho salteño en rojo vibrante, con guardas negras, está confeccionado por sus manos. Además de chales, ruanas, mantas, alforjas y fajas de finísima factura. “Nací en el Colte y aprendí a tejer picotes y barracanes desde muy chico” cuenta Dardo Gonza. “De grande tuve que viajar para trabajar en Buenos Aires. Fue duro porque nosotros, acostumbrados al silencio y amplitud de los cerros, sufrimos en las ciudades. Luego mi padre se enfermó, y volví. Desde entonces me gano la vida en el telar con la esperanza también de que esto no se pierda con nosotros. Es difícil porque la gente no sabe que hacer un poncho toma entre 15 y 20 días. Ni lo que cuestan hoy los materiales. Por eso la peleamos entre todos” señala una de las voces cantantes de este Camino de los Artesanos de El Colte.

CON NOMBRE PROPIO
El salteño Humberto Juárez de la Cámara es un verdadero ‘tesoro viviente’, como llaman en Japón a esas personas dotadas que custodian un oficio. Trabaja los metales como lo hicieron su abuelo y su padre en la ciudad de Salta, pero con una mirada contemporánea. “Crear y criar, eso es lo que aprendí hace poco de otros maestros artesanos andinos, y siento que es lo que hago con mis objetos” señala. Tercera generación de orfebres, luego de una vida dedicada a malear metales, con estudios de diseño en la Universidad de Buenos Aires y de platería criolla con Jorge Pallarols, hoy está abocado, entre otras cosas, a su línea de utensilios en alpaca -ollas, cuencos, cucharas y cucharones, entre otros- en cobre. “Históricamente el cobre fue utilizado para fabricar todo tipo de herramientas de cocina dada su alta conductividad térmica, óptimas características de anti-adherencia, propiedades antibacterianas y resistencia a la corrosión. Nosotros encontramos en este material un hermoso representante de nuestros valores que, combinado con madera de la región, ofrece enormes posibilidades” detalla. “No trabajo con soldaduras sino con remaches. Mi intención es sacar un producto clásico, atemporal” remata. Además produce artículos de joyería combinados con piedras y accesorios.

EN BARRO
Rolando Velásquez es artesano y profesor de cerámica de Cachi, Salta. También aprendió de su abuelo y su padre, un reconocido artista en piedra cuyas obras perduran en los pueblos de los Valles Calchaquíes. Usa la arcilla de Los Colorados porque tiene, según cuenta, esa mica que produce estrellitas en el barro y sirve para ligar mejor la pasta. Cuando habla de su infancia se emociona: “Tuve la mejor niñez. Y eso que trabajo desde los 10 años. Vivíamos en La Paya con mis nueve hermanos, nunca nos faltó la comida porque mi mamá se ocupaba de la huerta y de los animales. Para trabajar acompañaba a mi papá hasta Cachi, caminando los más de 20 kilómetros que hacíamos desde las 5 a las 8 de la mañana. Era lindo. Íbamos charlando. Aún recuerdo cada parte del camino”. Hoy da clases para preservar el oficio, y produce cuencos, ollas y jarras. Su pieza más buscaba es el puko, un plato tradicional de la cultura diaguita calchaquí, también macetas que imitan a los cardones, tan populares en la zona.

LA RUTA DEL TELAR
Comprendida entre los distintos poblados del departamento de Belén, a lo largo de la Ruta nacional 40, en Catamarca, es un proyecto integrado por una red de talleres familiares, asociaciones, cooperativas y comunidades de pueblos originarios con el fin de ofrecer al turista su trabajo de primera mano. La zona es famosa por la producción textil heredada entre generaciones, y en las que se mezclan las tradiciones indígenas con las españolas siguiendo técnicas antiquísimas para elaborar tejidos en lana de oveja, llama, alpaca y vicuña, con el poncho como ícono. Chales, chalinas, corbatines, mantas

bordadas, los pullos y vinchas para sombreros, los artesanos invitan a conocer sus casas/rancho/ taller y su telar, generalmente bajo la sombra de un árbol, para compartir vida y obra. En Belén hay dos postas obligadas. En clave cooperativa de inquietas mujeres con, por ahora, un sólo varón, están las Arañitas Hilanderas nacidas en 2001. De la mano de su presidenta Rosa Vega, muchas fueron convocadas para aprender el oficio del telar. Así, como ellas mismas cuentan, fueron hilando sus sueños, como el de la casa propia en la que funciona el taller y un local de venta donde reciben contingentes de turistas. Entre mate y mate, ofrecen sus prendas más solicitadas, como los chales livianos de lana de oveja o llama en color natural o chocolate (las tonalidades más propias de la región) y otros con tintes naturales. Además de sus alfombras, caminos e individuales llenos de color apodados Jigote, en honor a un plato local que se hacía en tiempo de cosecha con lo que cada vecino podía aportar. Otro emblema de la región es el local y taller Rua Chaky del artesano Ramón Baigorria, quien junto a su esposa Graciela Carrasco, despliega su arte en una paleta con los colores del arco iris.

Fotos Daniela Mac Adden
Agradecemos el material fotográfico al Proyecto Contar Argentina, Vicepresidencia de la Nación.

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