Decoración 

Volver al campo

“Lolo quería una casa para vivirla, en la que no sobraran espacios. Debía ser acogedora para disfrutarla en familia y con amigos” asegura la arquitecta. El diálogo lo retoma Lolo: […]

“Lolo quería una casa para vivirla, en la que no sobraran espacios. Debía ser acogedora para disfrutarla en familia y con amigos” asegura la arquitecta. El diálogo lo retoma Lolo: “Como era la primera vez que decoraba una casa, también pedí muchos consejos. Miré miles de veces los planos con mi madre que también es arquitecta, y con María Giménez, mi tía que es una decoradora increíble y me dio tips. También aportaron mi suegra y amigas. Siento que todos los talentos se potencian”.

La pensaron, la diseñaron, la construyeron y, cuando todo estuvo en su sitio, aquella casa de campo hizo lo que nadie imaginaba. La arquitecta Azul García Uriburu y la diseñadora Lolo Tanoira recuperan la historia de esta vivienda ubicada en General Rodríguez. “Todas las semanas nos juntábamos y corregíamos el proyecto poco a poco. Primero la fuimos dibujando con mucho amor y dedicación. Luego Daniel Rivella hizo realidad aquello que habíamos imaginado” dice la proyectista.

La idea inicial era volver al campo los fines de semana. Lo cuenta Lolo: “Este campo lo compraron mis padres hace 35 años cuando la zona no se había desarrollado todavía. No existía la Panamericana, y esto era campo abierto”. Aunque nunca vivió en esa casa durante la infancia, son incontables las horas de ocio que disfrutó ahí.

Algo de eso quería recuperar para su familia: fines de semana de aire puro y espacio. “Cuando se terminó la obra, nos mudamos. Llevábamos dos días cuando nos miramos con mi marido y nos dimos cuenta de que era demasiado perfecto para no vivir acá de modo permanente”. La decisión estaba tomada: “Era el 15 de febrero. Lo primero que hicimos fue ir al colegio más cercano a ver si había vacantes para nuestros tres hijos. Y nunca más volvimos al centro. Estamos felices acá, vemos los caballos desde la ventana del cuarto, los chicos van en moto a las caballerizas…. ¿qué más se puede pedir? Es nuestro paraíso, sin dudas”.

Sobre la colección de obras de arte, la dueña de casa explica que “es una selección muy visceral. Compro lo que me gusta y me moviliza”. Esa serie compone, además, una estética en la que aportan los viajes, los años de residencia en el exterior y la moda: “Creo que todo eso termina saliendo y, a la hora de elegir la paleta de colores, los géneros, las estampas y los materiales, se pone en juego generando esta mezcla”.

La doble altura fue revestida con madera pintada de blanco. Sobre una alfombra tejida, asientos negros, mesa redonda y sillas cebra (El Sótano Vintage). Las obras de arte son de González Oliva, Loly Acuña, Ricardo Crespo, Natalia Orlowski, Milo Lockett y Valdez (Galería Palatina).

El hall de entrada funciona como un playroom no oficial: “Fútbol, patines, polito de a pie… todo vale” explica Lolo. La mesa de lapacho antiguo (Santo) y los espejos ovales (El Sótano Vintage) alternan con obras de Zelmira Peralta Ramos. Más allá, el comedor y un bar de madera con fondo íntegramente pintado de negro, con lámparas y banquetas (La Pasionaria).

El proyecto de paisajismo fue un desafío ya que el campo tiene 17 hectáreas. “Tuvimos que hacer caminos, zanjas, circulaciones y piquetes para los caballos, e integrar todo esto con la casa. En definitiva aquí las plantas unen la vivienda con el terreno”. Clara Dillon y Belén Diehl fueron una pieza determinante en ese trabajo.

 

 

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