Arte Edición Nº 201 Retrato
SÍNTESIS EN NEGRO
Pablo Ramírez La moda como puesta en escena Dueño de un universo estético inconfundible, Ramírez convirtió al negro en su manifiesto. A 25 años de su primera colección, el diseñador […]
Pablo Ramírez
La moda como puesta en escena
Dueño de un universo estético inconfundible, Ramírez convirtió al negro en su manifiesto. A 25 años de su primera colección, el diseñador sigue persiguiendo la emoción en la forma, con la misma obstinación del chico que dibujaba siluetas en el taller de su padre.

Hay algo sereno y a la vez magnético en la presencia de Pablo Ramírez. Habla con calma, pero cada palabra parece medir el peso exacto del silencio que la rodea. Después de un cuarto de siglo con su marca y a punto de cerrar un año clave, el diseñador argentino transita un momento de plenitud: reedita sus colecciones más emblemáticas, estrena su primer trabajo como director escénico en el Teatro Nacional Cervantes, y acaba de instalarse en un departamento antiguo de Recoleta, con sus techos altos y plagado de ventanas. Con vista directa a algunos de los rincones más emblemáticos de Buenos Aires, el espacio —luminoso, silencioso, cuidadosamente despojado— respeta la arquitectura original y traduce su mirada: austeridad, equilibrio entre pasado y presente, y una armonía que parece construirse con la misma precisión que sus prendas. “No busco decorar —dice—, busco que el espacio hable. Que la casa sea un refugio, pero también una declaración estética”.
Nacido en Navarro, hijo de un mecánico y una ama de casa, Ramírez descubrió de niño que el dibujo era su manera de entender el mundo. En esas figuras pintadas de negro sobre las revistas se escondía su primer diálogo con la belleza. “No venía de una familia que tuviera una fábrica textil ni como Saint Laurent, una madre que se vestía para ir a la ópera. Mi mundo no tenía nada que ver con todo eso”. Luego llegarían Buenos Aires, la FADU, los concursos, el viaje a París, los años en la industria. Pasó un tiempo en Alpargatas, después vinieron Vía Vai, Gloria Vanderbilt, Sol Porteño y Adriana Constantini y el vestuario para un concierto de Fito Páez. Explosión de color y ropa en serie. La cara opuesta de ese Ramírez negrísimo que llevaba dentro. Ese que vio la luz en “Castrados”, su primer desfile de firma propia, cargado de misterio azabache. “Las marcas me enseñaron que es necesaria una identidad. Cuando fue mi turno, quise hacer algo reconocible, y como siempre fui medio extremista”. Desde entonces, su nombre es sinónimo de coherencia, el negro es su color absoluto y la silueta, su terreno. Su obra trasciende las modas y se ubica en ese raro territorio donde el diseño se vuelve pensamiento.
Hoy, mientras revisa su archivo y expande su lenguaje hacia el teatro, reafirma su convicción de que el diseño puede ser una forma de poesía aplicada. Lo hace al revisitar el pasado con la calma de quien sabe que los ciclos regresan para resignificarse. “No trabajo desde la nostalgia —dice—, sino desde la memoria. El archivo es como un mapa: te muestra de dónde venís y hacia dónde querés ir”.


—Debutaste como director teatral, aunque tu relación con los escenarios es de larga data. ¿Cómo viviste esa experiencia nueva?
— Fue algo muy natural. Como lo fue en su momento mi acercamiento a la indumentaria. Fue la primera vez que dirigí, pero el teatro siempre estuvo presente en mi vida. Todo lo que tiene que ver con la composición del espacio, la luz y el movimiento me resulta familiar. Hice muchos vestuarios, en el San Martín, en el Solís, en óperas y obras comerciales. No siento que haya cruzado de un territorio a otro: simplemente amplío el mío. Porque pienso la moda como una puesta en escena: cada prenda es un personaje. Dirigir fue dar un paso más, fue ordenar esa mirada y darle movimiento.
—¿El escenario amplifica tu lenguaje?
—Totalmente. Yo trabajo desde la imagen, la luz y la sombra. El negro para mí es una forma de subrayar al ser humano, no de esconderlo. El negro, la luz, la sombra, el silencio: todo forma parte de la expresión. En el teatro eso se amplifica. Me interesa esa tensión entre lo visible y lo invisible, lo que se muestra y lo que se sugiere. No hay diferencia entre una prenda y un personaje: ambos cuentan una historia.
—Reeditar tu archivo fue como volver al origen. ¿Qué descubriste?
—Confirmé que la moda puede ser un lenguaje con memoria, que la autenticidad no envejece. Al revisar mis primeras prendas entendí que las decisiones que tomé hace 25 años siguen vigentes. No por nostalgia, sino porque trabajar con el tiempo te enseña a valorar lo esencial. En mis primeras prendas ya estaba todo lo que sigo buscando: la síntesis, la estructura, la emoción. Mirar hacia atrás no fue para repetir, sino para comprender.
—¿Cómo es tu nueva casa?
—Muy simple. Es un edificio clásico, con pisos de madera, molduras y una vista preciosa a la ciudad. Quise respetar su espíritu. No me interesaba transformarlo, sino entenderlo. Me gusta el orden, la síntesis, la luz. Es un departamento donde todo tiene un sentido: las líneas son limpias y los muebles dialogan con el espacio. No hay exceso, pero tampoco frialdad. Hay alma. Me gusta pensar que es una prolongación de mi manera de diseñar: la decoración, como el vestir, tiene que dejar respirar al espacio.
—¿Qué significa el estilo para vos?
—El estilo tiene que ver con la coherencia. No con la ropa, sino con la mirada. Podés cambiar de color, de época o de casa, pero si hay coherencia, todo dialoga. Es una manera de habitar el mundo, de ser fiel a uno mismo. La elegancia es inteligencia emocional, no presupuesto ni guardarropas. La coquetería es una parte importante de la elegancia, pero no son sinónimos. No me gusta que se disfracen de Ramírez, sino que tomen un Ramírez y se lo apropien.
—Después de 25 años de marca, ¿qué te sigue desafiando?
—El diseño me sigue conmoviendo, sobre todo cuando alguien se apropia de una prenda y la hace suya. Quiero seguir expandiendo ese universo a otras áreas: objetos, perfumes, tal vez una línea para el hogar. No como una estrategia comercial, sino como extensión natural de mi lenguaje. Y seguir en el teatro, o quizás el cine, donde todo se une: la emoción, la forma, la luz y el cuerpo.
—¿En qué momento te dijiste “lo logré”?
Me cuesta el disfrute. Determinadas situaciones me generan como una palmadita en la espalda, pero no siento que llegue a ningún lado. No sirve de nada la fama, al contrario, me suma exigencia. No me pega la crítica de los otros, porque la mía es terrible. Siento orgullo, pero a la vez tengo que demostrar por qué estoy acá.
—Esta autoexigencia, ¿es una virtud o un defecto?
Da cuenta de que no optimizo los tiempos. Me quedo parado, y de golpe, dibujo toda la colección en una noche. Sé que ese ‘último momento’ viene de un proceso previo. Odio el vértigo, pero soy así. Soy controlador y quiero estar en todos lados. Soy tremendo, tengo un imán para ver el cuadro torcido. No tener concesiones me ordena. A veces me arrepiento más del sí que de los no.
—¿Y qué te inspira?
—La gente: observar cómo se mueven, cómo miran, cómo habitan el espacio. El cine, por ejemplo, Hitchcock, la música, la arquitectura del racionalismo o el art decó, los rincones de Buenos Aires, los silencios. Todo me inspira. Pero, sobre todo, me inspira la posibilidad de seguir aprendiendo.
—Si tu ropa hablara, ¿qué diría?
— “Confiá en vos.” Eso quiero que transmitan: serenidad, belleza, seguridad.
Texto: Gabriela Picasso

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