Edición Nº 187 

Preguntas Picantes: Rafael Spregelburd

Bienvenidas todas las utopías Se popularizó como actor de cine en proyectos de todo tipo, pero desde muy joven era conocido su talento como dramaturgo, director y actor de sus […]

Bienvenidas todas las utopías

Se popularizó como actor de cine en proyectos de todo tipo, pero desde muy joven era conocido su talento como dramaturgo, director y actor de sus propias obras de teatro. Premiado y reconocido internacionalmente, su condición de políglota lo llevó a trabajar en otros idiomas, que también domina como traductor. Este año estrenó Inferno, disparatada fábula moral basada en la obra de El Bosco. 

¿A quién admirás artísticamente y por qué?

La palabra admiración tiene un prefijo que me molesta; en otros idiomas tiene incluso una connotación de inferioridad, como en inglés, look up to. Todo artista hace algo admirable, pero en otro sentido: transforma una porción muy inexacta de intuición en verdad, cree en lo increíble y logra imponerlo, amplía el mundo de lo posible. Es su trabajo. Admirables son aquellos que se sacrifican por el bien común, quienes sobrellevan un gran pesar, o los luchadores sociales. La admiración artística me parece, en ese contexto, un lujo algo vacuo. Me incomoda que otro quiera mirarme desde abajo. 

¿Algún trabajo del que te hayas arrepentido? 

¡Es que yo soy mi propio contratante! Así es difícil arrepentirse. De cada error formal o traumático queda siempre un aprendizaje. A veces en cine o en televisión uno no tiene control, pero nunca tuve que arrepentirme: o porque me pagaron muy razonablemente, o porque me trataron de primera y fueron muy respetuosos. Estoy en paz con todo mi pasado.

¿Algún vicio que te resulte irritante de tus colegas?

Sí, no soporto que fumen. Que haya que interrumpir ensayos cada quince minutos para que gente muy adicta se meta tabaco en la boca. Es un asunto con el que no puedo negociar.   

Sin dar nombres, ¿Qué es lo más absurdo que has visto en teatro o cine?

La verdad es que lo absurdo, en el arte en general, es a veces muy deseable. Peor es cuando no sucede nada. He visto en otros países puestas de mis obras en las que una sutileza es reemplazada por un cliché, lo único que conocen de nuestra cultura. Son momentos extraños, porque funcionan muy bien para todo el público, menos para mí. Recuerdo La inapetencia en Hamburgo. La única escenografía era un retrato gigantesco de un futbolista con la albiceleste, algo que nada tenía que ver con la obra. Cuando pregunté la razón dijeron que era una obra argentina. La puesta era muy kitsch y no estaba tan mal como experimento intercultural.

¿Qué es lo peor que te puede pedir un director?

Que me reserve un mes entero para una película, que no me corte el pelo ni me afeite, ni haga viajes, ni me ponga en riesgo jugando al fútbol… y que después me avisen que la película no se va a hacer. Lamentablemente nos pasa todo el tiempo.

¿Alguna gaffe que hayas cometido y que hoy te cause gracia?

El papelón me queda bien. Una vez subí a recibir un premio, pero me equivoqué; había escuchado mal, o no entendí eso de las nominaciones, eso de que te citen a no darte un premio. Por suerte me pararon antes.

¿Cuál es el proyecto más utópico o delirante que te gustaría realizar?

Las cosas más absolutamente inconseguibles las hago, de todos modos. Armamos Bizarra en plena crisis de 2001 con 50 actores y una banda de bomberos voluntarios. Escribí una heptalogía de tres o cuatro horas de duración. Monté textos míos en idiomas que ni siquiera hablo del todo. Entrené artes marciales para una película que finalmente nunca se hizo. Me volví contrabajista para otra. Bienvenidas todas las utopías.

Texto: Pablo Sáez.

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