EDICIÓN Nº 179 

El Pré Catelan

Un ambiente…una historia La belle époque El período histórico comprendido entre 1871 y 1914, conocido como belle époque, puede ser tan controvertido como fascinante. Estas casi cinco décadas de prosperidad […]

Un ambiente…una historia La belle époque

El período histórico comprendido entre 1871 y 1914, conocido como belle époque, puede ser tan controvertido como fascinante.

Estas casi cinco décadas de prosperidad económica, relativa paz, florecimiento de las artes e innovación, desarrollo tecnológico y gran actividad industrial, se desarrollan entre dos grandes catástrofes: el fin de la guerra franco prusiana y el comienzo de la Primera Guerra Mundial.

Durante ese tiempo, el gobierno francés organizó en París dos ediciones de la Exposición Universal, realizadas en 1889 y 1900. Estas grandes muestras generaron una tipología arquitectónica inconfundible y de la que sobreviven algunos de sus principales ejemplos, entre ellos el restaurant Pré Catelan ubicado en el Bois de Boulogne, en las afueras de París. El origen del nombre de este célebre y centenario espacio tiene distintas versiones. Una atribuida a la memoria de Théobhile Catelan, capitán de cacerías de Luis XIV, pero la leyenda más pintoresca se debe a un trovador llamado Arnault Catelan que habría perdido la vida llevando los regalos que Beatriz de Saboya le enviaba a Felipe el Bello.

Como fuere, este bucólico rincón fue elegido por la ciudad de París para construir un casino y restaurant destinado a una clientela de aristócratas y millonarios. Para la tarea se encargó el proyecto al arquitecto Guillaume Tronchet, alumno del taller de Víctor Laloux y segundo Grand Prix de Roma en 1892. Entre sus méritos figura el haberle ganado en 1907 un proyecto a René Sergent para construir el Chateau de Mont-Royal, cerca de Chantilly. El Pré Catelan se convierte, una vez inaugurado, en el reducto más exclusivo y requerido. Conseguir una reserva era privilegio de unos pocos elegidos. Su dueño, Leopold Mourier, consciente de la fama del lugar y la celebridad de la concurrencia, encarga al afamado Henri Gervex, gran pintor costumbrista de la época, un inmenso cuadro donde estuvieran retratados gran parte de sus conspicuos comensales.

En esta magnífica pintura que hoy pertenece a la colección del Museo Carnavalet, se reconoce en el grupo central a Madame Gervex, esposa del pintor. Al costado, y de espaldas (tal vez por ser considerada una de las mujeres menos agraciadas de la alta sociedad parisina), se recorta la silueta de Anna Gould, hija del multimillonario magnate americano Jay Gould. Esta heredera había estado casada con el célebre dandy Boni de Castellane, que casi la lleva a la quiebra, para luego contraer segundas nupcias con un primo de este último, Hélie de Talleyrand- Périgord Duque de Sagan, y que aparece a su derecha. Dentro del restaurant, con la mirada fija en el observador, se reconoce al Marqués de Dion de Wandonne, pionero de la industria automotriz francesa. Más alejado hacia la izquierda, con grandes bigotes, asoma el brasileño Alberto Santos Dumont, precursor de la aviación. Para cerrar la escena, en actitud coqueta y sugestiva, se advierte a la famosa demimondaine (así llamaban a las prostitutas de lujo) Liane de Pougy, ex bailarina del Folies Bergére y una de las mujeres más bellas y famosas de entonces. Por último, subiendo a un lujoso automóvil, destaca la imponente Condesa Greffulhe, inspiradora absoluta del personaje de la Duquesa de Guermantes, una de las protagonistas clave de À la recherche du temps perdu, obra cumbre de Marcel Proust. 

Posiblemente dentro del restaurant, la noche de este magnífico cuadro “testimonio”, estuvieran también algunos de los acaudalados argentinos que vivían en Paris en esos años dorados, aunque difícilmente hubieran sido retratados por Gervex para completar esta pintura, ya que eran conocidos por la aristocracia local con el mote de rastaquouère o “rastacueros”, una desviación idiomática para describir a los estancieros sudamericanos que arrastraban sus cueros en los salones elegantes, como el Pré Catelan.

Texto: Arq. Marcelo Nougués

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