Retrato 

Elisabetta Riva: Una actriz en su elemento

Nació en una localidad vecina a Milán, y aunque la gran ciudad le auguraba grandes posibilidades, en su naturaleza inquieta estaba el sueño de vivir fuera de su país. Cursó […]

Nació en una localidad vecina a Milán, y aunque la gran ciudad le auguraba grandes posibilidades, en su naturaleza inquieta estaba el sueño de vivir fuera de su país. Cursó la carrera de letras y filosofía con una especialización en cine y teatro en la Universidad Católica de Milán, y mientras tomaba cursos de actuación decidió pegar el volantazo y partir a Londres para completar su formación en la Academia de Artes Dramáticos Arts Educational. En esos cuatro años de estadía empezó a tejerse un destino inesperado: la Argentina. “Como era fanática de la actuación anglosajona, tan distinta de la tradición italiana, decidí estudiar allá. En las clases conocí a Mariano, un compañero argentino con el que enseguida tuvimos conexión. Pasaba los domingos en su casa, y ahí empecé a entender a este país como una capital cultural, tan lejana en el imaginario europeo en esa época, década de los noventa. Entonces en Italia se creía que América latina era solo lo que llegaba de México y Brasil. Los argentinos que conocía eran modernos, cultos, muy del debate siempre encendido, algo que ahora llevo adentro. Sin embargo, conocí a Leo siete años después. Él estaba casualmente en Milán haciendo el espectáculo Villa Villa con el grupo De la Guarda. Me invitó a verlo… y acá estamos: 14 años después, y con un hijo de siete” recuerda la actual directora del Teatro Coliseo, una de las pocas mujeres (junto con María Victoria Alcaraz, del Teatro Colón) que lidera un espacio emblemático en la agenda local.

Su llegada marcó un punto de inflexión en la historia del Coliseo. Primero fue consejera, luego vicepresidente de la Fundación Coliseum, y desde 2014 dirige y gestiona el Master Plan que puso en valor el edificio y el managment artístico de esta prestigiosa institución, la única que el estado italiano posee fuera de su territorio. Emprendedora tenaz y ejecutiva rigurosa, por estos días enfrenta un desafío mayor: renovar el público y competir con la enorme oferta de la ciudad.

 

¿Qué fue lo que más te gustó de Buenos Aires cuando llegaste?

La ciudad me atrapó enseguida. En realidad, había empezado a amarla mucho antes, a través de mi marido, que es fan de la Argentina. Para mi Buenos Aires era entonces una pequeña Londres, pero en un contexto social latino. Me gustaba su cultura, el rock. Leo hacía mucho teatro under, que estaba en un buen momento. Además, los vínculos sociales siguen siendo un valor importante aquí; hoy tengo un tejido de relaciones fuertes, algo que en otros lugares es difícil de hacer.

Además de venir por amor, ¿tenías alguna perspectiva de trabajar en lo tuyo?

A mi marido lo habían convocado para un espectáculo nuevo. La propuesta llegó justo cuando vivíamos en Milán y empezábamos a pensar en mudarnos. Leo le advirtió al director que éramos dos, así que me dieron un puesto de asistente de producción. En paralelo fui armando mi mundo. Tomaba clases, hacía castings de actuación, publicidades y también daba cursos de teatro en italiano. De a poco me acerqué al Istituto Italiano di Cultura para presentar proyectos, y así inventé una muestra de cine independiente de Milán. Enseguida dejé el trabajo de asistente de producción para enfocarme en impulsar ese proyecto. Tenía algunos contactos, pero en realidad empecé a hacerme sola el camino. Iba con mi carpetita a todos lados, presentando mi curriculum, aprendiendo. Muchas veces me dijeron que no. Después del nacimiento de mi hijo cambiaron las prioridades, y coincidió con que me invitaron a ser parte del lanzamiento del Teatro Coliseo.

¿Cómo fue el pasaje del escenario a la gestión, dos ámbitos que, como bien decís, son distintos?

Así es. En la práctica lo académico toma otra dimensión. La carrera da más estructura mental, una metodología de trabajo que permite ordenar. En los años de estudio aprendí, además, a manejar el tiempo, a organizarlo, y eso ayudó a concretar las metas.

¿En qué condiciones encontraste el teatro cuando asumiste?

El proceso empezó cuando el embajador de aquel momento entendió que tenían un recurso importantísimo. El teatro y todo el edificio, que ahora se llama Palazzo Italia, fue donado al estado italiano por un acaudalado inmigrante en la década de 1930 con el fin de mantener el vínculo local entre ambos países. En su visión original había un lugar para la cultura. En 2011, la embajada junto con el Istituto, entendieron que era el momento renovar el consejo directivo y también darle un empuje creativo convocando gente vinculada al ambiente cultural. Entré como consejera de la Fundación Cultural Coliseum, entidad que gestiona el teatro, junto con Marta Pires, con la que fuimos co-directoras, hasta que ella se fue y más tarde quedé a cargo.

¿Como fue asumir semejante barco siendo, además de mujer, muy joven?

Todo era muy excitante para mí, que soy de correr riesgos. Cuando me dieron la responsabilidad yo puse quinta… y ¡arranqué con toda! Me dije a mi misma, si me dan esta oportunidad voy a poner todo, lo mismo pensó Marta. Nos chocamos con muchas paredes. Fue un cambio generacional y de género, éramos dos mujeres movilizando un objetivo. La embajada nos sostuvo, y hasta acá llegamos. Fue un proceso largo que resultó exitoso.

¿Qué era lo más importante, o lo más urgente, entonces?

Para poder revitalizar la programación y ponerla a la altura del circuito local e internacional primero había que poner a punto la sala. Hubo que hacer remodelación, modernización y equipamiento completo de la caja escénica, algo fundamental para garantizar la calidad artística. Empezamos las obras en 2013, con el asesoramiento de los arquitectos Giuseppe Caruso y Alfio Sambataro, para adecuar la infraestructura; luego, en otra etapa, actualizar el managment según los criterios de gestión del siglo XXI.

¿Cómo reinventar una sala tradicional en una era de redes sociales y eventos gratuitos?

El gran desafío que enfrenta el espectáculo en vivo, en todo el mundo, es la audiencia. Sabemos que es una experiencia irremplazable, pero ¿cómo hacer que la gente salga de su casa para venir al teatro?, ¿y cómo competir con la enorme oferta de actividades masivas y gratuitas, y con salas importantes?, ¿cómo generar el interés de los jóvenes por la música clásica, por ejemplo? Hoy los grandes sponsors prefieren estar en Lollapalaooza, porque resulta más rentable, algo que no garantizan las salas chicas. Y eso mismo se traslada a los artistas.
A nivel mundial todos los centros culturales están haciendo enormes esfuerzos por mantener los ciclos de música clásica. Nosotros seguiremos trabajando para impulsar y despertar el interés por este género.

A propósito, ¿cómo lleva el Coliseo la crisis local?

Empezamos por buscar caminos para generar un sistema de subsidios -que intentamos que sea constante- con el apoyo de empresas italianas, porque no es posible hoy sostenerse solo con la venta de abonos o alquileres de sala. En ese sentido también entendimos que las redes sociales son importantes. El año pasado lanzamos Italia XXI, el nuevo ciclo creado en colaboración con el Ministerio de Bienes Culturales de Italia, el Istituto Italiano di Cultura de Buenos Aires, y la Embajada de Italia, para traer a la escena el teatro, la música y la danza de la Italia contemporánea.  Y seguimos apostando a la difusión y a la educación. Creo que es clave que las nuevas generaciones se acerquen a la música clásica.

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